jueves, 10 de marzo de 2011

A José Torronteras Madero


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por Francisco Morales Basurte

La Semana Santa Castreña ha tenido personajes que más que figurar en su historia oficialista ocuparán probablemente un lugar en la oficiosa, o más bien en la intrahistoria, esa voz que D. Miguel de Unamuno introdujera en nuestra lengua para designar la vida tradicional, que sirve de fondo permanente a la historia cambiante y visible. Una de esas figuras singulares fue José Torronteras Madero “Pepe El Acorazao”. Y no es que él no fuera cambiante (en un sentido no despectivo del término), pues acudiendo a un símil taurino fue cambiando la seda por el percal y lo mismo fue romano, tuniquero, pintor decorador de pasos que capillita cantor; ni visible, porque eran bien visibles su respetable estatura, su fuerte complexión y su asidua presencia en procesiones. Encuadro en esa intrahistoria a muchos de  aquéllos que como Pepe, sin pertenecer al estamento dirigente y organizativo de nuestra Semana Santa –por supuesto tan necesario e imprescindible- ni perderse tampoco al anonimato, aportaron su granito de arena con su activa participación en alguna de sus manifestaciones, colaborando con ello a su mejor desarrollo.


A José Torronteras no le molestaba que le llamaran “El Acorazao”, mote que heredó de su padre, Andrés Torronteras Ortega, a quien por lo visto se lo endiñaron a raíz de una trifulca –historia repetida- que como romano en la escolta de flecheros de la  Cofradía del Santo Sepulcro tuvo allá por los años veintitantos del siglo pasado con algún gracioso que se burló de su alta y delgada figura (en el intercambio de más que palabras y como al parecer el contrario salió perjudicado en la reyerta, éste increpó a Andrés diciéndole que jugaba con ventaja porque estaba “acorazao”). Y el romano Andrés pasó a ser Acorazao “pa” los restos; y su hijo Pepe Acorazao y Romano por derecho de transmisión; creo que el ingenio popular personificado en el desconocido sujeto acertó en su calificativo –que no en su actitud-. Se percibe clara simbiosis en los vocablos “acorazado” y “romano” porque ¿qué es acorazado sino un ente revestido o protegido de coraza?, ¿no es coraza también armadura de peto (pecho) y espalda?, ¿y no encontramos en un informe que hizo el vicario Miguel Páez y Zapata en 1819 para el obispo Pedro Antonio de Trevilla esta antigua  referencia a la presencia de los romanos en la Semana Santa Castreña?: “delante va la imagen de Jesús Nazareno [...] Diferenciase de las demás en ir descalzos y llevar soldados con morriones y petos de latón [...]”. Como hemos visto, Pepe fue romano, hijo de romano. Le recuerdo en la pareja delantera de Nuestro Padre Jesús Nazareno, muchos años junto a José Márquez Ramírez, aunque en una ocasión tuvo de compañero a Antonio Millán Aranda.

Pero dejando aparte ésta y otras de sus facetas semanasanteras, me centraré en su labor como miembro cantor del Coro de Capilla, al que Pepe perteneció desde muy joven, cuando concurría a la tertulia que mantenían los capillitas en la sacristía de la Parroquia de la Asunción, en tiempos de los sacristanes Antonio García de Dios “El Chun-chún” (también sochantre) y  Mateo Camargo Aguilar. Aquellos contertulios eran el alma mater del acompañamiento músico-vocal a las distintas celebraciones religiosas: novenas, procesiones, Navidad (¡aquella solemne Pastorella que evocaba con emoción Pepe Portillo!) y, por supuesto, en la Semana Santa, en el que si bien en épocas anteriores, no era tan frecuente su intervención como la de los demás miembros por la alternancia con otras tareas; su integración más plena fue cuando por los problemas de su pierna tuvieron que operarle y dejó de salir de romano. Ya en la nueva etapa que continuamos viviendo, formó parte de las juntas que encabezaron Cristóbal Rojano y Pepe Portillo; y al fallecimiento de este último en el año 2000 accede a la presidencia.


Conocí a Pepe muchos años atrás porque fue muy amigo de mi padre en los tiempos iniciales de Artesanos a pesar de su notable diferencia de edad –veinticuatro años- y visitaba con frecuencia la imprenta; después la normal convivencia en reuniones, ensayos, quinarios y procesiones nos hizo a todos sus compañeros ir percibiendo facetas de su personalidad mordaz, sarcástica, escéptica y directa.  Fui tratándole más cuando ya él presidente y yo secretario acostumbraba a visitarlo en su casa para tratar asuntos del Coro; pero normalmente nuestra conversación se derivaba a otros derroteros y, metidos en faena, me gustaba hurgar en su buena memoria para sonsacarle innumerables vivencias y anécdotas. Como buen capillita –y en esto sucedió al recordado Portillo- conocía al dedillo interioridades de la Semana Santa, de las hermandades, de los curas que por aquí pasaron…. y no digamos de los templos (que él encaló y pintó cuando no existían las modernas plataformas sino aquellas largas escaleras que empalmaba para alcanzar la cima de sus bóvedas), desde sus patrimonios más valiosos (¿dónde fue a parar –decía- aquel artístico cáliz que estaba en la Asunción procedente de la Ermita del Santo Cristo de la Victoria, situada antaño en la cuesta que lleva su nombre?), hasta descender a modestos accesorios (¿saben ustedes que los aldabones de la puerta de la Iglesia de Madre de Dios son unas piezas antiguas y de mucho mérito, cinceladas en el más puro bronce y camufladas bajo una capa de oscura pintura, pero que inutilizado uno de ellos no tiene ni punto de comparación la calidad del sustituido con la del primitivo?   

Su profesión de encalador, de pintor de brocha gorda (más bien de fina, porque era un artista en la aplicación a tronos y canastillas de la purpurina –sucedáneo pobre del pan de oro- y del veteado de puertas con su fórmula mágica al vinagre), la cambió muchos inviernos por la de cagarrache, de cuya experiencia también tenía tela que contar (en una de mis últimas visitas, cuando ya las copiosas lluvias presagiaban las avenidas que después se hicieron realidad, me contaba las peripecias que tuvieron que hacer para salvaguardar las zafras del aceite de los embates con que un embravecido Guadajoz azotaba el ribereño molino de Doña Dolores Morcillo en el que trabajaba).

Su salud se fue quebrantando y a su ya vieja dolencia de piernas, se le sumó la diabetes y una angina de pecho, por lo que fue disminuyendo paulatinamente su participación. Algún compañero lo recogía en coche para ir a las reuniones y en la última que asistió -marzo de 2009- delegó sus funciones en el Vicepresidente José Elías Villatoro. Y lo mismo para los quinarios, mereciendo recordarse el último de Jesús Nazareno en uno de sus días -Lunes Santo del mismo año- en el que previamente al desfile de romanos y ofrenda floral a las vírgenes, un grupo de la escolta de la “madrugá” con su capitán Miguel López Berral al frente, en un espontáneo gesto, revistió testimonialmente a Pepe en el Llano de Jesús con el casco y la espada que tan orgullosamente había llevado en otros tiempos, como una premonitoria despedida.


Por un empeoramiento de su enfermedad tuvo que ser hospitalizado varias ocasiones en los últimos meses del pasado año, y otra vez en Enero. Fui a verlo en la mañana del día 18 –quizás fuese una nueva evidencia del presentimiento- y falleció el 19 a la edad de 83 años. Al día siguiente una amplia representación del Coro acompañó a Teresa, su viuda, en tan doloroso trance y en la misa de corpore insepulto despedimos a Pepe como no podía ser de otra manera: entonando el Miserere.
Con nuestro sentido recuerdo, descanse en paz José Torronteras Madero, Pepe El Acorazao”.



Castro del Río, Marzo 2010.
(Publicado en Cruce de Guiones)

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